Primer puesto | Categoría infantil
Mateo es una rana de cristal, vive a orillas del río Alicante, muy cerquita de Maceo, junto a doña Josefa, su mita. Entre ambos había un gran afecto, aunque doña Josefa no hablaba mucho desde el triste fallecimiento de Clara, su hija y madre de Mateo. Las pocas veces que la abuela charlaba durante mucho rato con su nieto era para contarle historias de sus antepasados. Un día, la doña, en uno de sus cuentos, le contó a Mateo cómo las viejas personas respetaban a su especie y la consideraban sagrada.
Había llegado el verano a Antioquia, y Mateo, conociendo a su abuela, sabía que mientras tomaba su tinto con arepa no prestaba atención a nada más; aprovechando esto, tomó una chuspa, le echó su calentao de frijoles con aguapanela y salió al pueblo impulsado por la curiosidad de lo que la doña llamaba «personas». Después de saltar por trochas y mucho monte, Mateo llegó a un lugar desconocido para él, pero por alguna razón las descripciones de Josefa en sus relatos le vinieron a la mente. Casas de tapia, bahareque y adobe con techos de teja, además se había ensolvado un olor a cacao. La rana siguió por la acera evitando el sol por una avenida estrecha y llena de motorratones hasta llegar a un lugar más amplio, donde se alcanzaba a oler el cafecito recién hecho y el arroz con huevo al desayuno.
Las personas reían y charlaban sentadas a la sombra de un árbol o del techo de algún restaurante mientras sonaba algún vallenato de fondo, pero, sin importar que, siempre alegres. Mateo, ya con sed por el calor, entendió que era hora de regresar a casa junto a su abuela, sacó su aguapanela y calentao, se sentó en una piedra y desayunó, pero no se podía ir sin antes reposar la comida.
Al despertar se dio cuenta de que una persona chiquita, que probablemente era un niño, lo estaba mirando. Mateo pegó un brinco y se voló, o eso creyó, pues el pelao lo siguió. Resultaba que lo había escuchado hablar mientras dormía. El niño lo atrapó e intentó hablar con él, a lo que la joven rana respondió penosamente con un saludo. El muchacho dijo que su nombre era Luis y poco a poco la charla fluyó, la rana entendió la alegría y el optimismo que se respiraban en Antioquia. Después de un rato Luis lo soltó, se despidió y marchó a casa, Mateo hizo lo mismo, pues doña Josefa debía estar muy preocupada. Saltando y saltando lo más rápido que podía llegó de vuelta a Alicante y de allá a casa. La abuela lo recibió con un gran abrazo y un buen trozo de panela con leche.
Juan Pablo Arango Acevedo, 13 años
Rionegro, Oriente
Ilustración: Omar Castro @omar_castro_artist


