El árbol que guardaba los secretos

Segundo puesto | Categoría infantil

En un pueblito escondido entre montañas verdes de Antioquia vivía doña Carmen, una abuela de cabellos blancos como algodón recién cosechado. Siempre llevaba una ruana tibia y decía, con la calma de quien guarda un misterio, que los árboles podían hablar. Pero no hablaban con cualquiera, aclaraba, solo con los que escuchaban con el corazón. Cada marzo, cuando los guayacanes se vestían de amarillo como si el sol hubiera bajado del cielo, doña Carmen iba hasta la orilla del río. Se acercaba al árbol más viejo, ponía la mano sobre el tronco y le contaba historias en voz bajita: risas de niños, canciones de fiestas, lágrimas escondidas. El árbol parecía guardar cada palabra como si fueran semillas. Un día llegó Pedro, un joven periodista que buscaba escribir sobre lugares mágicos de Colombia. Cuando escuchó hablar de la abuela que conversaba con los guayacanes, no pudo contener la curiosidad.

—¿Es cierto que los árboles hablan? —preguntó.

—Claro —respondió ella sonriendo—. Solo hay que saber escuchar.

Caminaron juntos hasta el guayacán más grande. Pedro vio cómo las ramas se movían aunque no había viento, como si saludaran a la anciana. Esa noche, desde la ventana, escuchó un murmullo suave que parecía responder a los susurros de doña Carmen.

Pedro decidió quedarse en el pueblo. Empezó a escribir cuentos sobre los guayacanes y sobre aquella abuela que escuchaba con el alma. La gente comenzó a visitar el lugar en marzo, atraída por el espectáculo dorado de los árboles florecidos y por la promesa de escuchar un secreto escondido entre sus ramas. Un amanecer, cuando el sol pintaba de oro la montañy los guayacanes ardían de flores, doña Carmen cerró los ojos y partió tranquila, como si supiera que su tarea había terminado. El pueblo entero la despidió en silencio, y Pedro, con lágrimas discretas, sembró una semilla de guayacán junto a su tumba. Sobre una piedra escribió: «Aquí florece la memoria». Desdeentonces, cada año, cuando los guayacanes se encienden de amarillo, los niños del pueblo se sientan bajo sus ramas, escuchan los cuentos que dejó Pedro y, si guardan silencio, dicen que aún se oye una vocecita dulce que susurra entre las hojas: «Dios los bendiga, mijos».

Evelyn Pertuz Hernández, 10 años
Caucasia, Bajo Cauca

Ilustración: Carolina Bernal @carolitabernal

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