Primer puesto | Categoría adultos
Recuerdo poco de mi papá. Apenas la costumbre de verlo llegar sin camisa, embarrado, el sudor marcándole la frente, y dejarse caer en la acera, rendido. Entonces mamá le servía un vaso de guandolo. Él lo bebía despacio, cerrando los ojos, en ese frío encontraba un alivio que a mí me estaba prohibido. Las manos eran lo primero que miraba: gigantes, torpes, con las uñas comidas hasta la carne. Siempre manchadas de tierra oscura. Me daban miedo y también fascinación. No parecían suyas, más bien de un hombre distinto, uno que peleaba con piedras y regresaba a casa apenas para descansar. Una madrugada de agosto, cuando faltaban tres días para mi cumpleaños, lo oí levantarse antes que todos. El gallo todavía no había cantado, la casa respiraba en un silencio espeso. Entreabrí los ojos y lo vi calzarse las botas. Las apretaba con rabia, dispuesto a domarlas. El ruido del cuero golpeando el piso todavía me despierta de vez en cuando. Ese día el sol salió perezoso, casi apagado. Pasé la mañana jugando con una pelota desinflada en el patio, pero cada rebote me recordaba que él no estaba. Corría hasta la calle, convencida de que lo vería doblar la esquina, la camisa pegada al cuerpo, los pasos arrastrados. Al mediodía, mamá salió al corredor. Tenía la mirada inquieta, como si esperara un anuncio.
Me obligó a comer en silencio, apenas probó un bocado. La tarde se espesaba, más pesada que otras veces. Los vecinos cuchicheaban en la esquina y, cuando yo me acercaba, callaban de golpe. Ellos ya sabían, pero no se atrevían a repetirlo. Cuando cayó la noche, mamá regresó con la falda tiznada. No dijo nada. Se encerró en la pieza y yo, desde afuera, escuché cómo el llanto le partía la respiración. Nadie pronunció su nombre. Nadie explicó. Desde entonces, cuando veo a los hombres volver ennegrecidos y exhaustos, los reconozco en ese silencio, en la sed que solo calma el guandolo frío de la tarde. Yo también me quedé con esa sed. Cada año, cuando faltan tres días para mi cumpleaños, voy hasta la mina, me planto frente a su boca negra y le pregunto si fue ella. Le pido que me devuelva a mi padre. Me quedo observando ese hueco inmenso que respira y me traga con los ojos cerrados. La examino con rabia y con miedo. Ella nunca responde. Me tiembla la piel cuando siento que me observa, escondida en la oscuridad. Su silencio retumba. Parece una bestia dormida, esperando. Y yo, cada vez que la enfrento, temo que un día despierte.
Mariana Salas Valencia, 22 años
Amagá, Suroeste
Ilustración: Carolina Bernal @carolitabernal


