Tercer puesto | Categoría adultos
Don Aníbal se sienta cada tarde en el viejo taburete del zaguán, mirando cómo el polvo del camino se levanta con la brisa caliente. La casa, de barro y madera, se sostiene como él: por terquedad. Desde ahí ve pasar motos, bicicletas y mulas, pero nunca pasó un tren. Nunca. Hace más de setenta años, cuando
aún era un muchacho, colgaron en la plaza un afiche en blanco y negro: «Pronto, la estación del ferrocarril llegará a Amalfi». Decían que los rieles vendrían desde Puerto Berrío, atravesando montañas y veredas hasta besar la tierra roja de su pueblo. Los domingos, después de misa, se reunían en el parque a hablar del futuro. Que vendrían turistas, que el café valdría el doble, que los hijos podrían estudiar lejos, sin tener que caminar días. Aníbal se entusiasmó tanto que construyó su casa justo al borde del camino donde decían pasarían los vagones. Plantó cacao, caña y café, convencido de que su finca sería la primera en ver pasar la locomotora. Pero pasaron los años, y con ellos las promesas. La estación nunca se levantó. Un día alguien se llevó el afiche de la pared, como si borrar la imagen fuera suficiente para ol-
vidar el sueño. Él no olvidó. Mientras otros se iban a Medellín o se entregaban al desencanto, Aníbal se quedó. Abrió un trapiche, crio a sus hijos entre sacos de grano y cuentos de acero.
En cada comida les repetía: «Aquí iba a pasar el tren, justo por donde baja esa quebrada». Y señalaba el mismo lugar, como si aún esperara verlo. Ahora, los nietos lo graban con el celular, hacen videos para mostrar al mundo «al abuelo del tren fantasma». Él se ríe con la boca sin dientes, pero los ojos le brillan cuando cuenta la historia. Porque en su mente, el tren sigue viniendo, lento pero seguro, como las cosas que se hacen con fe. Una tarde, mientras el sol cae tras los cerros, una moto se detiene frente a la casa. Es un joven con gafas oscuras, que baja con un dron bajo el brazo. Viene a grabar un documental sobre las vías férreas que nunca fueron. Don Aníbal lo invita a pasar.
—Vea, muchacho, ese camino que va pa la quebrada…, ahí era.
Y mientras el dron sube y captura el paisaje, Aníbal cierra los ojos. En el zumbido del aparato cree escuchar, por un segundo, el silbato lejano de una locomotora.
—Tarde, pero llegó —murmura.
Pedro Quintana Hoyos, 28 años
Amalfi, Nordeste
Ilustración: Sebastián Cadavid @ jsebastiancadavid


