Primer puesto | Categoría juvenil
En el último rincón del mundo, donde los mapas terminan y el viento no obedece, existía un pueblo que vivía dentro de una jaula invisible. Nadie podía salir, pero nadie lo notaba, porque los barrotes no eran de hierro: eran días repetidos. Cada mañana, el sol se alzaba igual que ayer. El pan olía igual. Los perros ladraban a la misma hora. La lluvia, si caía, mojaba las mismas piedras. Y así, la vida transcurría como un disco rayado. Solo una niña, Iru, sentía que algo estaba mal. Tenía ocho años y un cuaderno donde anotaba lo que veía. «El gato cruzó laplaza otra vez». «La señora volvió a caer en el mismo charco». «Mamá olvidó mi cumpleaños… Otra vez». Una noche, al cerrar los ojos, escuchó una voz en su almohada:
—Tú ves lo que otros no. ¿Quieres salir?
Iru no respondió. Solo apretó el cuaderno contra el pecho. Al día siguiente, siguió anotando.
—Tienes que decidir —insistió la voz la tercera noche—.
Los días no van a cambiar solos.
—¿Qué hay afuera? —preguntó Iru por fin.
—Nada. Todo. Lo que construyas. Pero deberás perder todo lo que conoces.
Iru pensó en su madre que, aunque repetía gestos, aún le acariciaba el pelo antes de dormir. Pensó en la plaza, en su gato de dibujos, en el pan caliente. ¿Y si afuera no había pan? Pero algo dentro de ella ardía.
La cuarta noche, escribió: «Sí». El techo desapareció. Un viento sin tiempo barrió su casa. La gente dormía sin notar cómo el cielo se agrietaba y se deshacía como papel mojado. Iru se elevó, con su cuaderno en brazos, atravesando los días como si rompiera paredes de cristal. Despertó en una colina extraña. No había casas. Ni gente. Solo el sonido de hojas nuevas bailando. Su cuaderno estaba en blanco. Escribió: «Un árbol que da sombra y cuenta historias». Y el árbol creció. Escribió: «Un río que canta». Y el agua comenzó a fluir, murmurando su nombre. Iru no volvió a ver su viejo mundo. Pero cada noche escribía un poco más. Su aldea crecía, libre, viva. Y dicen que, si escuchas con atención cuando el viento cambia de rumbo, puedes oír la voz de una niña que una vez decidió romper los barrotes del tiempo.
Mahicol Jhesid Villegas Villa, 18 años
Santa Bárbara, Suroeste
Ilustración: Manuela Moreno @nueve_manuelas


