Segundo puesto | Categoría juvenil
Aquel era un pueblo sin nombre, en lo profundo del Suroeste antioqueño, donde las montañas se apretujaban como viejas chismosas y el río murmuraba para no despertar a los cafetales. La carretera terminaba en una curva sin promesa, y más allá solo quedaba el monte. Allí vivía Emilia, la última partera de la región. Tenía manos de lana y ojos de tormenta. Dicen que ayudó a nacer a más de cuatrocientos niños, todos con el grito limpio y el ombligo bien amarrado. Vivía sola, en una casa de tapia con techo de barro, donde un barranquero cantaba cada mañana. Lo llamaba Pedro. Cuando Pedro trinaba, alguien llegaba a la puerta. Eran mujeres jóvenes, a veces casi niñas, con el miedo temblándoles en el vientre. Emilia no preguntaba nombres. Les servía aguapanela, les lavaba los pies y, cuando llegaba la hora, les tomaba la mano hasta que nacía el silencio. Un día llegó una muchacha distinta. No venía con barriga, sino con una maleta y un cuaderno.
—Soy estudiante de Medicina —dijo—, y quiero aprender de usted.
Se llamaba Sara, hablaba con acento de Medellín y tomaba notas de todo, incluso del canto de Pedro.
—Usted no escribe lo que importa —dijo Emilia mientras molía maíz—. El miedo, por ejemplo. O la vergüenza. Eso no cabe en un cuaderno.
Sara sonrió. Creía que la ciencia bastaba. Pasaron semanas. Aprendió a leer las contracciones como quien lee las nubes. A hervir toallas, calmar llantos y recibir vida sin bisturí. Pero una noche llegó una mujer en sangrado. Era un caso difícil. Emilia la atendió con temple, pero algo salió mal: la mujer murió antes del amanecer. Sara gritó, lloró, maldijo el monte y la medicina sin hospital.
—Aquí no salvamos a todas —dijo Emilia, secándose las manos—. Pero tampoco dejamos morir solas.
Al día siguiente, Sara se marchó. Dejó su cuaderno lleno de dibujos, notas y rabia. No volvió a escribir. Se hizo ginecóloga en Medellín, con bata blanca y turnos de madrugada. A veces, en quirófano, recordaba las manos de Emilia. Años después, cuando Emilia murió, nadie fue al entierro. Solo un pájaro azul cantó sobre su tumba. Sara volvió al pueblo una vez. Quería ver la casa y oír al barranquero. Pero Pedro ya no cantaba. En su lugar, encontró mujeres sentadas en fila, esperando. Eran nuevas madres, solas, con miedo. Entonces comprendió: no había regresado a recordar, sino a quedarse. Esa noche, cuando nació la primera niña, el río bajó más lento. Y en algún árbol, aunque nadie lo vio, Pedro volvió a cantar.
Ivanna Duarte Berrueso, 14 años
Apartadó, Urabá
Ilustración: Natalia Valencia – @nativalenciag


