Tercer puesto | Categoría juvenil
En un rincón caluroso de Urabá, donde el mar susurra historias antiguas y los árboles de mango dan sombra a las risas de los niños, vivía Malena, una joven que soñaba con contarle al mundo los secretos de su tierra. Pero no con palabras, sino con golpes de tambor. Su abuelo Tomás, viejo tamborero de fiestas patronales, decía que cada golpe del tambor podía despertar memorias dormidas, como si el cuero tensado tuviera alma. «Este tambor no solo suena, mi niña —le decía—, también habla». Cada tarde, cuando el sol pintaba de naranja los techos de zinc, Malena se sentaba junto al abuelo para aprender los ritmos del bullerengue y la chalupa. Pero lo que más la emocionaba era inventar sonidos nuevos. Cerraba los ojos y dejaba que el tambor guiara sus manos: a veces parecía que contaba la historia de un pez que quería volar; otras, la de una niña que recorría los manglares en busca de una estrella caída. Un día, el pueblo amaneció con una noticia que se regó más rápido que el chisme de la tienda: «Viene un concurso de cuentos, pero esta vez el cuento no se escribe con lápiz, sino con corazón». Malena sintió que su tambor palpitaba más fuerte que nunca. Esa noche, bajo la luna llena, lo colocó sobre sus piernas, cerró los ojos y comenzó a tocar. Cada golpe era una palabra; cada ritmo, una emoción. Contó cómo su gente bailaba para espantar la tristeza, cómo los abuelos guardaban las historias en cantos, y cómo, a pesar de todo, en Urabá el tambor nunca dejaba de sonar. Al día siguiente, con la ayuda de su maestra, convirtió aquellos ritmos en palabras. Escribió: «Este cuento no tiene principio ni final, porque siempre que suena el tambor, vuelve a empezar. Es la historia de un pueblo que no se rinde, que canta, que baila, que sueña. Y yo, Malena, solo soy la tamborera que lo cuenta con el alma». Semanas después, su cuento fue leído en la emisora del pueblo. Algunos lloraron, otros aplaudieron. Pero todos sintieron que algo dentro de ellos se había movido… Como si el tambor les hubiera recordado quiénes eran. Desde entonces, cuando Malena camina por las calles, muchos la llaman «la niña que escribe con tambor».
Sarit Yuliana Palomeque Buenaño, 15 años
Apartadó, Urabá
Ilustración: Carolina Bernal @carolitabernal


