En lo profundo

Segundo puesto | Categoría adultos

Siempre me ha gustado nadar. Cuando me sumerjo en el río Nechí, me siento libre, en silencio, solo con el sonido de mis brazadas y mis patadas. Incluso prefiero nadar de noche, bajo las estrellas. Tenía unos ocho años cuando, como de costumbre, nadaba en el río. Nunca tuve clases formales: quien me enseñó fue mi abuelo Ascencio, que decía que uno tenía que aprender a pelear con la corriente, no contra ella. Una noche, un joven con acento extraño, de esos del otro lado del charco, me preguntó:

—¿Sabes bucear?

Le dije que no.

—Bucear es lo más parecido a estar en el espacio —me dijo—. Si bajas lo suficiente, llegas a un punto donde no te hundes ni subes. Solo flotas, suspendido en el agua. Como en el espacio.

Desde ese día, me obsesioné con bucear en mi río. Lo caminaba entero, horas y horas, buscando el punto más profundo para sentir lo que me describió aquel extranjero. Mientras jornaleaba con mi papá en los cultivos de café o tamarindo, me preguntaba si algún pozo del Nechí me daría esa sensación. Me
entretenía en la biblioteca del colegio viendo fotos de nuestros peces; añoraba poder bucear y algún día poder ver el marlín azul o el pez vela. Esos, sin duda, eran mis favoritos.

Vivíamos en El Bagre, donde la vida es sencilla y se gana lo justo para el día. Cuando terminé el colegio, unos compañeros me contaron sobre un trabajo en minería donde se ganaba bien y no piden muchos papeles. Era perfecto para ahorrar e irme a estudiar buceo en las costas del Pacífico. Me metí de volador. Me gustaba ir adelante, detonar, internarme días en la mina. A veces pensaba que estar bajo tierra era como bucear: todo oscuro, profundo, escuchando solo mi respiración. Trabajé tres años. Mientras los demás gastaban el sueldo en licor, yo ahorraba. A finales de octubre ya tenía lo necesario. Iba a trabajar hasta diciembre, pasar Navidad con mis padres y luego irme. Pero todo cambió ese jueves.

Ese día, internado en la mina, comenzaron los enfrentamientos entre grupos por el control del territorio. Se escucharon explosiones, temblores, gritos. Una detonación grande hizo caer rocas hasta bloquear la salida. Quedamos atrapados. Sin luz. Sin noticias. Pasaron los días. El silencio era absoluto. Solo se oía la
respiración… Y, poco a poco, ni eso. Al día 17, sin agua ni comida, muy débil, empecé a ver luces azules en el techo. Era como agua. Un rayo de sol iluminaba las paredes. Sentí que descendía. Profundamente. El sol desapareció. La oscuridad volvió. Y entonces lo sentí. Estaba flotando. Suspendido. Como dijo aquel extranjero. No me hundía. No ascendía. Solo flotaba. Cerré los ojos. «Lo lograste —me dije—. Ahora respirá». Y me concentré en sentir cómo era por primera vez estar en lo profundo.

Carlos Eduardo Rosales Posada, 37 años
Santa Fe de Antioquia, Occidente

Ilustración: Sebastián Bedoya @sebasbedoyap

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