Mención «No olvidamos»
La sangre mezclada con el tinto recién hecho manchaba la Navidad negra que nadie quería celebrar aquel 24 de diciembre en el corazón del pueblo. Desde la carretera hacia Santa Ana, la mañana parecía tranquila bajo su luz tímida, pero yo, una niñita de pocos años, sentía que cada sombra escondía un secreto imposible de nombrar. Jugaba cerca de la chocita de madera con techo de zinc, mientras el frío se colaba entre mi ropa vieja y los zapatos gastados, y un silencio pesado me hacía temblar. Cada risa compartida con mis amigas sonaba ahora lejana, como un eco de otra vida. Los años noventa nos enseñaron a vivir con miedo. Paracos y guerrilleros caminaban entre nosotros como fantasmas; cada día había plomo en el aire, cada noche cuerpos en la morgue. La violencia era rutina, y la normalidad un recuerdo distante. Vi bajar la línea por el caminito hacia Santa Ana. Los vecinos se agrupaban, hombres y mujeres, como si fueran piezas de un juego macabro. La gritería estalló, y los disparos cortaron el aire, secos y cercanos. Me escondí detrás de la cerca, paralizada, sintiendo cada estallido como un golpe que me arrancaba el aliento. El olor metálico de la pólvora se mezclaba con el humo del tinto y dejaba un sabor amargo en la boca. Mis manos temblaban, y cada sombra del zinc parecía acecharme con ojos invisibles. Ocho personas cayeron esa mañana, vidas arrancadas como flores antes de tiempo. La carretera quedó en un silencio roto solo por pasos y lamentos; nadie podía llorar, nadie moverse. Recordaba las Navidades pasadas, con luces y risas, y sentí cómo la tristeza se me enroscaba en la garganta como serpiente fría. Cuando todo terminó, los vecinos caminaron en silencio hacia la funeraria, que olía a incienso y a cajones apilados. La noche cayó con un peso imposible de sostener. No hubo pólvora, ni mercatrueque, ni risas que celebraran. Solo el llanto flotaba sobre el llano, un dolor que se clavaba en la piel y en los recuerdos. Aprendí esa mañana que la Navidad podía teñirse de negro, que el miedo podía calar hasta los huesos, que la muerte estaba tan cerca como la carretera. Y entendí algo más: que el dolor no desaparece, que se instala como una sombra persistente. Cada tinto que mi mamá servía, cada caminito hacia Santa Ana, cada risa estaba marcada por esa herida que nadie podía cerrar. Ese 24 de diciembre me enseñó que la memoria es resistencia, que sobrevivir es un acto de justicia silenciosa, y que incluso en la oscuridad más profunda, la vida seguía, frágil y temblorosa, como una vela que se niega a apagarse en el viento del llano colombiano. Mientras cerraba los ojos esa noche, escuchando el silencio eterno de la calle vacía, comprendí que cada sombra, cada susurro del llano, era un recordatorio de que, pese a todo, seguíamos vivos, y eso, en medio del conflicto, era un pequeño acto de rebeldía.
Matías Cardona Muñoz, 15 años
San Vicente, Oriente

